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Palabras de don Isidoro Vázquez de Acuña, Marqués García del Postigo, Caballero de Gracia y Devoción, con motivo de la recepción de la Condecoración Cruz de Gran Oficial de la Orden al Mérito Melitense

I
sidoro Vázquez de Acuña, Marqués García del Postigo, Caballero de Gracia y Devoción
Santiago de Chile, Club de la Unión
25.11.2009.


Un día de 1954 llegó a mi casa Federico Sánchez de Loria Errázuriz, amigo de nuestra familia, que poseía uno de los escasos títulos de Castilla detentados por chilenos: el de Marqués de Villa Rocha. Amén de esta curiosidad, me propuso emprender un trabajo genealógico, sabedor de mi interés por aquellos estudios.

Se trataba de lo siguiente: La Orden de Malta estaba en vías de establecer relaciones diplomáticas con Chile, pese a que el número de sanjuanistas era muy reducido. Ellos deseaban crear una asociación chilena de la Orden, tal como existía en otros países hispanoamericanos. Sin embargo, según exigencia del Gran Maestrazgo, era necesario un mínimum de quince caballeros para constituirla. Por entonces, todos los caballeros chilenos eran de la categoría de Honor y Devoción, es decir de la más alta de los no eclesiásticos, y no querían, en principio, que no pudiendo probar nobleza, legitimidad y cristiandad de sus cuatro cuarteles, a la usanza de la Lengua de España, ingresasen personas en otra categoría.

Obviamente, podrían pertenecer numerosos chilenos cumpliendo las máximas exigencias; pero, o no tenían interés, perdidas tantas antiguas tradiciones, o “democratizados” de tal modo que temían “el qué dirán”. Otros no tenían tiempo, condiciones o ganas de preparar personalmente sus expedientes, lo cual requería trabajo y preocupación. Conociendo mi seriedad y conocimientos – según decía - deseaban que me preocupara profesionalmente de prepararlos.
El ofrecimiento me sedujo por el interés que la Orden de Malta, cuya historia conocía, siempre me había despertado, y acepté dispuesto a colaborar con ella de la manera más eficiente. Era una labor tediosa de recopilación, de obtener a veces de ciertos clérigos obtusos el acceso de sus archivos parroquiales. Y en el Archivo Nacional buscar la documentación y pedir las copias.

Los caballeros chilenos que había en ese momento eran el citado Marqués, su hermano Don Renato Sánchez de Loria Errázuriz, Don Mariano Fontecilla Varas, Marqués de Montepío y consorte de Rocafuerte, su hijo Don Mariano Fontecilla y Santiago Concha, que sería Marqués de Casa Concha, - quien me manifestó su sentimiento por no poder acompañarnos, debido a que partía a Roma en el séquito de la Presidenta de Chile - Don Hernán Cuevas Yrarrázaval, Don Fernando Márquez de la Plata y Echenique, Conde de Casa Tagle de Trassierra, Don Maximiano Errázuriz Valdés, y Don Timoleón de La Taille Walker, Conde de La Taille-Tretinville. Había otros caballeros que vivían en Europa como Don Luis Antonio Rodríguez Bafico, en Roma, y los hermanos Prado y Colón de Carvajal, en Madrid, medio chilenos y medio españoles.
Estaban dispuestos a ingresar el Senador Don Raúl Marín Balmaceda, Don Carlos Aldunate Errázuriz, Don Vicente Álamos Igualt, Don Gustavo Errázuriz Larraín y el diplomático Don Juan José Fernández Valdés. De estos tenían su expediente casi listo Alamos y Fernández. Debí preocuparme de los otros tres. Así de un día a otro me vi recopilando copias de partidas sacramentales y documentos probatorios.

Empero, pese a tratarse de linajes conspicuos, todas aquellas filiaciones me demandaron tiempo y paciencia, porque aún publicadas por los genealogistas había que documentarlas. Después debí terminar también el expediente de Don Raúl Yrarrázaval Lecaros, padre de nuestro actual Presidente de la Asociación Chilena, aquí presente.

La Orden de Malta era conocida en Chile sólo por gente ilustrada en nobiliaria, genealogía e historia, la que era muy poca. Para algunas personas cultas su nombre a lo más era asimilado a un alto grado de la Francmasonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Aquello de Malta les traía recuerdos de la posición estratégica de la isla en la última Guerra Mundial, cuya defensa había sido heroica. También a los más ignorantes, por la cerveza negra llamada Malta, lo que se prestaba para chistes sin gracia. Debido a esto era necesario entrar en explicaciones las que huelgan aquí.

Gracias a la simpatía que gozaba la Soberana y Militar Orden de Malta entre varios importantes personajes chilenos, entre ellos Don Tobías Barros Ortiz, Embajador que había sido de Chile en Italia, luego Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno del General Don Carlos Ibáñez del Campo, le propuso a este presidente establecer relaciones diplomáticas con esta noble, católica y antigua institución caballeresca, lo que fue aceptado por el mandatario pese a su pertenencia a la Masonería. En efecto, después de establecerse el reconocimiento en 1955, presentó sus cartas credenciales el 27 de febrero del año siguiente en calidad de ministro plenipotenciario el Conde Johannes Bernard von Welczec, quien había sido antes Embajador de Alemania en España y en Francia. Muy joven sirvió en la Legación de su país en Santiago y casó con Doña Luisa Balmaceda Fontecilla. Mucho le interesaba por tanto al Conde de Welczec la probanza de Raúl Marín que incluía las líneas Balmaceda y Fontecilla, aunque esta última ya estaba probada por los dos Embajadores Fontecilla, para su único hijo el Barón Johannes von Welczek, quien fuera Embajador de la República Federal de Alemania en Venezuela, premuriendo a su padre, fin de su linaje condal.

La ceremonia de presentación de credenciales era muy solemne, dentro de lo solemne que puede ser algo en Chile. El representante extranjero vestido de chaqué o uniforme acudía al palacio de La Moneda en carroza, acompañado por el director de protocolo, con su séquito, escoltado por un escuadrón del Regimiento de Cazadores. Tropas de la guarnición con su banda instrumental y estandartes rendían honores militares, así como la guardia de carabineros del palacio. En la tarde de aquel día hubo una recepción en los salones del Club de la Unión, a la que estuve invitado. Este mismo salón.
Ese año partí a estudiar a España y fui portador de los expedientes antedichos y gestor andando el tiempo de otros que se presentaron a la fiscalía de la Lengua de España. Todo ello significó para mí un contacto más estrecho con caballeros de Malta españoles.

Finalmente, después de preparar el ingreso de varios caballeros, presenté mi expediente el que fue aceptado en 1987, pudiendo sumarme a la antiquísima milicia sanjuanista, en la que cada cual de sus miembros además de sus votos de fe, debe procurar su perfeccionamiento y poner al servicio de la Orden aquellos carismas que Dios le haya otorgado. Cada época tiene su desafío; la nuestra también. Así como los Hospitalarios curaron enfermos y combatieron por la fe con las armas en la mano, nosotros debemos imitarlos dando ejemplo de concordancia con nuestras promesas, respetando y honrando nuestras tradiciones caballerescas, porque nobleza obliga y defendiendo inteligente y enérgicamente los ataques cada vez más reiterados a las raíces culturales de nuestra historia occidental, cuya piedra angular es el Cristianismo, ante equivocadas políticas suicidas que son producto de una “globalización” que no tiene la reciprocidad de culturas invasoras.

Es por lo que he expuesto muy significativo que la Excelentísima Embajadora de nuestra Orden, Alexandra de Habsburgo de Riesle, me condecore en este salón como Gran Oficial de la Orden al Mérito Melitense en nombre de Su Alteza Eminentísima Frey Matthew Festing, nuestro Gran Maestre, y del Soberano Consejo, después de haber tenido el honor de servir a la Orden de Malta como Ministro Consejero durante nueve años, bajo el mando del Excmo. Sr. Embajador Don Mariano Vidal-Tolosana Tornés, quien me propuso como tal a principios del año 2000. A este gentil amigo y a su Sra. esposa Regina Undurraga Gana los había conocido en Rabat en 1967, cuando estaban en la Embajada de España en el Reino de Marruecos, y les agradezco encarecidamente su amistad y su presencia en esta ocasión señalada.

Antes de concluir deseo agradecer a nuestra Embajadora la preocupación que ha tenido al organizar este acto y convivencia, rogándole haga llegar antes que yo, mis sentidos agradecimientos a nuestro Gran Maestre y Soberano Consejo por la distinción de la que soy objeto, la que honra también a mi mujer, María Ana, nacida Condesa Grundemann von Falkenberg, Dama de Honor y Devoción, por su colaboración en estos años, y que hago extensiva a mi descendencia. Agradezco también a Fernando Pérez Egert, mi sucesor, por su preocupación en la organización de este acto.

De igual manera, agradezco la presencia de los Caballeros y Damas de la Orden, otros amigos y amigas que nos acompañan y de aquellos que por razones de fuerza mayor no han podido estar, pero que tengo muy presentes en mi corazón.
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